De la pérdida de la tinta y las miradas

A veces creo que mi bolígrafo se ha quedado sin tinta. Que al caminar voy perdiendo letras y palabras. Entonces, la posibilidad de crear historias sin tinta, sin letras y sin palabras es bastante improbable. Pero siempre fui una enamorada de las utopías.

            Lo cierto es que hay una vaguedad en mí, una dejadez innegable. Me estoy contagiando de rutina, de un no hacer nada porque nadie lo hace. Y no hay nada peor que eso. Cualquier día, vendrán a limpiarme el polvo.

            Supongo que me falta motivación. Somos extraños. Necesitamos sentir un extremo nunca deseado en nuestra propia piel o en una piel que hemos sentido próxima y hemos acariciado para que algo cambie, para que nos estremezcamos por caricias del miedo. Aunque luego, pasado un tiempo, después de no tener que secarnos más las lágrimas a escondidas, volvemos a lo mismo, a sentarnos a ver la televisión.  Que nos cuenten historias para que nos olvidemos de la mediocridad de la nuestra, a no pensar, a seguir respirando monotonía, a creernos que estamos haciendo lo correcto porque la mayoría actúa de la misma manera, a imaginar que somos especiales como los que vemos entre decorados de cartón.

            Me han pintado un mundo con gran esfuerzo, es casi tan bonito como los decorados de la televisión. Pero yo solo me empeño en saber qué hay detrás del estudiado colorido, qué hay detrás de las paredes, de los muros, del supuesto fin del mundo. Y derribar barreras. Antes de que el techo se me caiga encima.

            Añoro, de vez en cuando, esas noches de verano tirada en el sofá escribiendo con los ojos completamente abiertos, como si contemplara el nacimiento de una nueva civilización en las líneas, retratándome a mí misma en los textos indefinidos o bajo nombres de personajes no tan ficticios. Mis noches ahora son distintas. Y me encantan. Son el mejor momento del día, normalmente. Claro que antes escribir era lo único que me aseguraba que yo sí estaba viva, aunque dudara del resto. Ahora, también te tengo a ti.

            Y luego me quejo. No necesito más. A ti y papel en blanco. El secreto de mi felicidad. Tampoco soy tan complicada.

            En ocasiones, creo que el mundo tiene vida propia. Quizás el mundo sea un gran escritor, un creador de historias. No sé. Imaginación y variedad no le faltan.

            Confías que le verás, como siempre, a la hora de trabajar. Y un día no llega. Nadie sabe nada. 

            No quiero que un día, al ir a trabajar, desaparezca. O desaparezcas tú. No quiero ir a trabajar. Quiero soñar. Y quiero que sueñes conmigo.

            No tengo ni idea de por qué he pensado juntar lo siguiente en este mismo texto, pero el bolígrafo ya ha decidido. Y no me apetece inventar un enlace, una conexión entre una cosa y otra para que sea una narración fluida. Todo, todos, estamos conectados. Todos pertenecemos a todos y a todo y a nadie. Así que, qué más da.

            Pensaba en las miradas. Concretamente, recordé la mirada de Malcolm McDowell. Me impresionó cuando vi una foto suya actual hará no mucho. No sé qué me impresionó más, si su envejecimiento o su mirada. Tal vez esperaba encontrarme el rostro de mi querido Alex DeLarge aún, porque en parte, la imagen que él creó de Alex va a vivir siempre. Pero no fueron ninguna de las dos cosas. Estaba tan estropeado, tan marcado por el tiempo… tan humano, tan frágil, tan vulnerable. Pero su mirada seguía, sigue, siendo la misma. Un azul hechizante. Pero no es solo su azul. Es lo que esconde. La gran vida que muestran sus ojos en contraste al apagamiento de su piel, de su vida. No puedo olvidar esa imagen. La vida y la muerte tan juntas. Continúa teniendo esa fuerza, esa capacidad casi hipnotizante de atraparte, logrando que no puedas dejar de mirar su inmensidad azul.

            Lo leí en un libro de Poe, en unos apuntes escritos por un fanático de él, al citar unas frases de Berenice. Hablaba sobre el poder de la mirada, decía que el color de los ojos son como botones, puedes heredar cualquiera. Pero la mirada…

            Recuerdo lo que me dijiste después de ver a mis padres. Esa expresión autoritaria, de enfado, de mi madre. Por eso me conmueve tanto cuando llora. Su mirada se transforma de una forma increíble. Es como si fuera otra persona. Quizás todos seamos otros cuando lloramos. O solo nos atrevamos más a ser nosotros mismos.

            Mi padre no siempre ha tenido la mirada triste de hombre derrotado que posee ahora. Hace tiempo, era distinta. Ya casi no recuerdo muy bien cómo era. Pero la prefería a esta. Eso seguro. No quiero que siga envejeciendo con esa mirada.

            Tampoco podría olvidar la de aquel hombre, tú ya sabes cuál. Me persigue tanto que me obliga a escribir sobre él. Pero, además de esta dejadez de la que he caído enferma, me siento muy creativa últimamente. En mi cabeza hay muchas explosiones. De ideas, de imágenes, de frases, de palabras. No todas las bombas destruyen. Y caen sin parar, como si fueran un pintor que ve allá donde mira algo fascinante que representar y comienza a pintar. Pero cuando apenas ha dado unas pinceladas, debe empezar otro lienzo porque ha visto algo nuevo que no puede dejar escapar. Y así sucesivamente. Mi cabeza es un pintor excitado y motivado en exceso. Espero no confundir los colores.

            Y por supuesto, recuerdo tu mirada muy a menudo. La recuerdo cuando haces eso de abrir mucho los ojos y me pareces un niño. Y me hacías sentir como una niña. Y yo no quiero perder nunca la inocencia, aunque tenga que dibujar cómo pueda mi cielo como Chris, ya sabes. Así que, te pido que no dejes de mirarme así nunca.

            Y cuando me miras fijamente y me dices lo que sientes por mí. Cambias el mundo, lo conviertes en un sitio mejor solo para mí, para ti y para mí. Y siento ganas de llorar sin parar en tus brazos. Pero de alegría, por tenerte. Sé que soy afortunada, puedo presumir de poder llorar de alegría mientras muchos corren el peligro de atragantarse con una tristeza excesivamente amarga.

            Y pienso en esto, en tu mirada y en lo que me haces sentir. Y pienso en la de Malcolm McDowell. Y sigo sin comprender ese deseo de parar el envejecimiento, ese deseo de parar el envejecimiento físico (quizás les pase como a Dorian Grey…), ese deseo de perder lo que somos por reducirnos a simples esquemas comunes de plástico, creyendo conocer la fórmula de la belleza, creyendo que se puede comprar la belleza. Pero ni mil operaciones conseguirán lo que Malcolm McDowell sí hace con una mirada solo un par de segundos. Una mirada, una belleza mágica, no puede comprarse. Y sí, para mí hay mucha más belleza en Malcolm McDowell, tanto de jovencito, cuando no me parecía nada guapo, como ahora, símbolo del paso del tiempo; que cualquier reoperadísima o reoperadísimo o cualquiera que haya comprado la (supuesta) perfección, que en cualquier físico vacío de una atracción más allá de envoltorios que no tiene mérito poseer, son como botones. Heredados, adquiridos por suerte o comprados.

            Y que la gente siga gastándose su querido dinero. Malcolm McDowell seguirá paralizándome. Y tú seguirás cambiando mi mundo.

Volteretas

            Doy una voltereta sobre mí misma y me encuentro en el mismo sitio que antes.

            Me siento decepcionada e indignada, esperaba encontrar la solución a mis problemas dando volteretas.

            Pruebo otra vez, por si acaso.

            Nada.

            Decido escribirle una carta a nadie expresando mi cólera desesperada.

             Recuerdo que cuando era niña, si no era la única, era de los pocos niños de mi clase que no sabía dar la voltereta. ¿Conocéis esa sensación de no desear que llegue nunca la clase de gimnasia, temerla con miedo de niño y sentirla como un castigo ideado para ti por alguna extraña fuerza invisible y superior? Yo la sufría a diario esa sensación.

            Como iba diciendo, no sabía dar la voltereta. Años después, cuando aprendí, resultó que había un pequeño detalle que los que me reprochaban mi inutilidad no me habían explicado, lo cual causaba mi fallo.

            En mi casa, intentaba remediarlo, practicaba sin éxito, desesperada. No quería que legara la clase nunca. Le daban tanta importancia que me vi obligada a aprender; también para no sentirme más veces ridiculizada por lo estúpida que me hacían sentir por no saber dar una maldita vuelta y por el añadido de otros complejos e inseguridades que nadie parecía notar o no los tenían en cuenta.

            Un día, otro profesor de gimnasia que no conocíamos, acompañó a la nuestra durante toda la hora. Yo pasé cerca de ellos dos, sola, como de costumbre y conseguí escuchar:

            -Mira, esa niña no sabe dar la voltereta… ya verás… – le decía ella, como si fuera lo más terrible del mundo.

            Se refería a mí. Tal vez, si hubiera cárceles para niños, mereciera ir allí.

            -Nuria, ¿puedes dar la voltereta? –dijo, dirigiéndose a mí, pronunciando mi nombre y la siguiente frase de una forma que se me antojó muy cruel.

            El otro profesor observaba atento, a la espera.

            Yo no quería ir a la cárcel de los niños por cometer tal crimen. No quería que me pusieran el traje de preso, que sería demasiado parecido al de un payaso, y que mi torpeza fuera la atracción de ese dantesco circo enjaulado.

            -Es que me duele… – no sé cómo seguí la frase, estaba asustada, lo importante era posponer mi sentencia.

            La profesora lo dejó estar, sonriendo y mirando al otro de manera cómplice. Sabía que no se acabaría ahí, que habrían más días como aquel. Quise salir corriendo. Yo, con mis seis añitos y lamentándome por mis crímenes, pensando en la fuga perfecta. ¿Qué crímenes se pueden cometer con la inocencia de los seis años?

           

            Ahora, que ya he conseguido aprender a dar volteretas, he conseguido librarme del sentimiento de culpa. Ya he aprendido lo esencial para sobrevivir: sé dar volteretas. Nadie se atreverá a juzgarme ni a ridiculizarme.

            No dejo de dar volteretas. Pero este caótico ensueño no termina. Me siento confusa.

            Sigo escuchando llorar a alguien. No entiendo nada. No entiendo por qué no se calma ese llanto cuando doy volteretas.

            Quizás es que hago algo mal. Seguro que se trata de eso. Me siento culpable nuevamente, siento como toda yo, menos mi cuerpo, regresamos a ese día de tantos. No aprendo. No soluciono nada, soy una inútil incapaz de dar volteretas.

            Pruebo con otra cosa.

            Intento recitar una lección de Biología que teníamos que aprender de memoria, intento explicar alguna operación matemática de cierta complejidad.

            Soy incapaz. Consulto en libros. Otra vez algo falla. No puedo aplicar el proceso de formación de la célula a mi problema, en el que tampoco tengo x para despejar ni números para combinarlos entre sí.

            Mierda. ¿Y ahora qué hago si todo por lo que me han machacado, me han hecho temer ir a la cárcel y todas esas pruebas y exámenes que parecían tener una importancia vital no me sirven para nada? Doy volteretas sobre libros de matemáticas. Tampoco funciona. Doy volteretas recitando las partes de la célula.

            Todo continúa igual.

            Y mañana tengo otro juicio. Pero ya no sé si temer ir a la cárcel porque, aunque lo supere, todo seguirá igual y la realidad que no puedo solucionar con volteretas me da más miedo. Quizás, de una voltereta al llegar a clase.

            Y cuando discuta con mis padres, cuando le eche de menos a él, cuando visite a algún editor, cuando tenga algún tipo de contratiempo en un futuro trabajo, cuando se vaya alguien a quien quiera, cuando la creatividad me abandone, cuando llore, cuando ellos y él lloren.

            Daré volteretas. Por si acaso.

           

           

¿Alguien tiene un cigarrillo?

No puedo dormir, pero tampoco puedo tener los ojos abiertos.
¿No es fantástico cuando no necesitas nada más? ¿Cuando sientes que lo tienes absolutamente todo y podrías pasarte el resto de tu vida sin mover ni un solo dedo para ser jodidamente feliz?
¿No es fantástico cuando puedes pasearte por los pasillos de tu casa, con la luz apagada, descalza, escuchando música, teniendo cerca tus libros y tus películas?
Pero toda tranquilidad se acaba.
No todo el mundo sobrevive. O ellos o yo. Me imagino representando una escena violenta, tal vez mientras canto Singin’ in the rain o cualquier otra canción. Ser una hija de puta, al menos por un día, debe resultar satisfactorio.
¿Nunca has pensado que somos como cigarrillos? En el preciso instante en el que nos sacan de la caja y entramos en contacto con el exterior, estamos destinados a la muerte, a la desaparición, a la consumición. Seremos perjudiciales para unos, necesarios para otros, tentaremos a mucho, querrán probarnos, querrán pisotearnos, seremos una adicción. Mientras nos quemamos y dejamos un rastro de cenizas.
Esas cenizas que parecían haber sido devueltas de cualquier montón de mierda al que fueron a parar ayer a mi boca en sueños, como si hubiera estado toda la noche masticando tabaco.
Destrúyeme, necesito romperme.
Necesito sentir algo más que esta puta apatía. Algo más que el gusto a tabaco, algo más que desear llamarme X DeLarge.
No tengo nombre. El mío no era lo suficientemente bonito y acabé perdiéndolo. Cuando trato de recordarlo, pronuncio el tuyo. Y te imagino, y te siento. Pero no te toco. Solo toco cenizas invisibles.
Soy como ese cigarrillo fumado demasiado rápido, tirado antes de ser consumido por completo, sin poder de atracción. Pero esperando a que vuelvas a poner tus labios sobre mí antes de que me consuma por completo.
Lo siento, no soy preciosa, no sé seducir, no soy esa por la que girarían la cara al verme pasar, no soy una puta. Aunque supongo que no estaría mal del todo serlo por un día.
Mientras, fumo, miro el cigarro e imagino que siente, que respira, que ama, que odia, que llora, que ríe, que piensa… y pienso que el mundo no es un lugar tan horrible. Si no fuera porque cuando te busco, solo encuentro cenizas.
Y me despierto con el sabor de esas cenizas. Y no vienes a calmarlo con tus labios, no me recoges del suelo. Puedo consumirme. ¿Es que no quieres probarme otra vez?
Sus voces son taladros, hurgan y hurgan en el agujero con un ruido infernal, muy diferente al levísimo sonido del fuego quemando el cigarro, muy diferente a tu voz. Necesito un sombrero. Cuando consiga un sombrero, me volveré una puta y una hija de puta. O ellos o yo. Y yo no pienso tirarme por la ventana. Me da pereza hacerlo.

¿Alguien tiene un cigarrillo?

Sutilezas Delirantes (II)

Confieso que he intentado revivirla en momentos de necesidad y desesperación. Pero no he podido. Me maldigo una y otra vez por manchar mis manos de sangre ese día. De mi propia sangre. Maté una parte de mi misma, la esencial. De esa manera surgió mi papel de femme fatale de película de cine negro barato.

            No me había planteado desde el día de la prueba de acceso qué quería. Necesitaba encontrarle un sentido a mi vida, lo necesitaba más que el aire que entraba por mis pulmones. ¿De qué me servía el aire si iba a acabar enterrada? No iba a ser el aire en esa situación lo que me salvara. Y en la que estaba viviendo, en mi perdición total, tampoco.

            No podía dormir. Apenas comía. Perdí mi encanto, ni intentaba seducir. Me sentía demente. Abrazada al delirio como un borracho a su botella de whisky.

            Sentía que todo el mundo me torturaba, que, como aquel chico de ojos negros, se reía de mí. Que todos podían escuchar mis pensamientos y mis miedos y que los usaban en mi contra.

            Iba a clase, el profesor citaba a un famoso pintor; me reunía con mis compañeras de facultad, no hacían más que preguntarse qué querían: qué querían regalar, escuchar, ponerse, comprarse, hacer el fin de semana, en vacaciones… Encendía la televisión, un personaje de una serie o tal vez de una película mala de formato de sobremesa televisivo, le declaraba a su padre ficticio que ya había decidido, que ya sabía lo que haría. Cambiaba de canal, las noticias hablaban de una estupenda exposición de pintura vanguardista.

            Me sentía atrapada, si intentaba salir corriendo, me chocaba contra muros invisibles que segundos antes no habían estado allí. Iba a volverme loca.

 

            Y entonces, en medio del caos absoluto, de la anunciación del Apocalipsis, de la destrucción de un mundo al que siempre había girado la cara; un amigo me la presentó.

            Ella me incitó desde el primer instante. Yo dudaba. Me sentía confusa. Nunca me había imaginado probando algo así. Pero deliraba, y los locos cometemos locuras. ¿Qué podía perder? Acepté.

            Me fui a casa con ella. Estaba nerviosa.

            Fue, como no podía ser de otra manera, en mi cama. La probé, la sentí. La mejor experiencia de mi vida. Me abrió los ojos. Veía un mundo nuevo a través de ella. Nunca había sentido tal excitación ni tanto placer como cuando ella rozó mi piel y yo, sumisa, me dejé hacer.

            Estuve varios días sin verla. Únicamente pensaba en ella. No sabía dónde encontrarla. Mi amigo me ayudó, la llevaba hasta mi casa cuando podía. No es que ella fuera adictiva, pero lo que me hacía sentir sí lo era.

            Fue con esas visitas ocasionales con las que me conquistó. Lo hizo sin que me diera cuenta, como mis yo hacía con mis antiguas víctimas. Ella se metió en mi vida y se convirtió en el centro. Adoraba el dulce delirio que me ofrecía.

            Y pude volver a pintar. Renací, sí. Renació esa parte de mí que maté y con ella, regresó la inspiración.

            Quería un sentido, una razón para estar en el mundo; y me había encontrado con un mundo entero, un mundo diferente.

            La invitaba a que se quedara conmigo cada día. A veces, desaparecía. Pero yo iba en su busca. No podía dejarla escapar ni pasar una noche sin ella.

            Me calmaba, me excitaba, transformaba mis delirios paranoicos en delirios eufóricos.

            Estaba en una nube y no me preocupaba que un día pudiera deshacerse. Desde allí, veía el sol y tocaba las estrellas.

            Mis amigos cogieron una escalera para intentar alcanzarme, pero yo estaba demasiado lejos. No sabía si la vida me sonreía, pero ella sí lo hacía. Y con eso me bastaba.

            Nunca había sido una amante fiel hasta mi relación con ella. Pero es que era imposible que saltara de un mundo maravilloso hacia la oscuridad de un pozo sin fondo de desesperanza.

            La gente que tenía más cerca, me decía que la dependencia no era buena, me pedía que la dejara, que me estaba absorbiendo, que ya no era la misma. Claro que no lo era, ahora era yo más que nunca. Y la quería.

            No me importa que digan que la droga es un suicidio.

            Para mí, ella, mi querida heroína, es la vida, la vida delirante.

            Una vida devuelta para empezar de nuevo la destrucción, para resucitar y morir en cada chute, una vida gracias a la resurrección de la muerte.

            Pero la vida, al fin y al cabo.

            Y todo gracias a ella. Le debo mi vida y mi muerte.

Sutilezas Delirantes (I)

Mi vida cambió cuando la conocí a ella.

            Llegó de repente, sin avisar, tan sutil como un ladrón que se desliza de puntillas para ahogar el eco de sus pasos. Fue y es un remedio para lo irremediable, esperanza para mi desesperación, un halo de luz en medio de un eclipse total. Renací para empezar a morir más deprisa. Pero no puedo simplemente irme y abandonarla, le debo una vida. Una vida de continuas sutilezas delirantes.

 

            Antes de mi encuentro casual con ella, yo era la reina de las sutilezas. Sabía cómo jugar mis cartas para acabar retirándome victoriosa, saboreando el triunfo cuando ellos aún no se habían percatado de su derrota. Cuidaba mis maneras, estaba entrenada para disfrazarme de una perfección que poco a poco descubrían. Nunca lograban quitarme el disfraz aunque se deshicieran de mi ropa.

            Lo mío era la seducción, la seducción elegante, la seducción formada a partir de mis mejores armas, mis sutilezas. Un hola, un cigarrillo, unos ataques de carácter y heridas bélicas, de esas inolvidables que permanecen en la memoria de los pueblos. Yo hería la piel de mi adversario, su vida, con cicatrices de guerra sin que ellos se percataran, embrujados por una sonrisa, una mirada, una frase que no olvidarían nunca. Me metía en sus vidas y salía de sus camas sin hacer ruido. No volvían a verme. Siempre volvían a llamarme. Yo nunca cogía el móvil si llamaba un número desconocido. Nunca apuntaba sus teléfonos cuando me los recitaban.

            No buscaba nada, no pretendía que fueran unos muñecos de papel a los que tirar luego al fuego. No sabía qué buscaba, ni qué quería, ni qué pretendía hacer con mi vida. No tenía ni idea de que convertir mi vida en un juego era una manera inconsciente de huir de la realidad, de escapar de responsabilidades; que usaba el sexo como la excusa que me llenaba y le daba sentido y que interpretaba el orgasmo como mi llegada a lo más alto.

           

            Un día, se cambiaron los papeles. Fui yo la herida. Mi estrategia desmontada con una simple pregunta, formulada por un músico del cual solo recuerdo unos profundos ojos oscuros, de mirada impenetrable que daba la sensación de ser la clave de la inmunidad ante mi poder.

            - Pero, ¿tú qué quieres de la vida?

            Cayó sobre mí. Una bomba que arrasó con todas mis reservas. Reservas de ideas, de ocurrencias, de respuestas, de estrategias, de armas, de objetivos, de planes. Solo la nada.

            Sentí cómo se reía de mí. Pude adivinar, quizás imaginar, el regocijo chispeando en sus ojos. Como si hubiera descubierto mi secreto, como si supiera que mi enigmática presencia no era más que una actuación, que la única profundidad que conocía era la del vacío de mi alma.

 

            Ahí comenzó. Justo allí, en medio de toda esa gente, me capturó el delirio aprovechando que bajé la guardia y me hizo su presa. Cadena perpetua, dictaron sus labios al resolver la condena.

            Me obsesioné.

            Hacía años que había dejado la pintura. Ella había sido la guía de mi vida, ella le daba color, sí. Bastaban unas pinceladas o unos trazos con el carboncillo para exaltarme, para emocionarme, para estar convencida de que quería morirme con un pincel en la mano. Quería enfocar mi vida hacia la pintura. Era lo único que conocía y lo único que me permitía conocerme. Por supuesto, me presenté a las pruebas de acceso a Bellas Artes cuando llegó el momento.

            Y, estando allí sentada, maté a mi inspiración. La asesiné, la asfixié. Me pregunté qué pasaría si no aprobaba. Qué pasaría si nunca llegaba a ser nadie, si moría dejando atrás una vida que habría carecido de sentido, una vida desperdiciada en una ilusión imaginaria en lugar de aprovecharla con otro tipo de cosas. Me asusté. Me entró el pánico. Presa del miedo, pensé en deshacerme de ella, incapaz de vivir siempre con ese tormento. Así fue como la maté.

Y si todo se acabara aquí

“Y si todo se acabara aquí,

y si no os volviera a ver más”

 

            No he olvidado esos versos desde que los leí, se han clavado en mi cabeza.

            Por el impacto al relacionarlos contigo, por lo que suponen para mí. Porque al leerlos te vi sentado en aquel hospital y en aquella cama de aquella clínica, porque al leerlos tuve miedo de que se cumplieran.

            No olvido ese día. Antes de eso, viniste a devolverme tu libro firmado. Son muchas las veces que , estando en mi habitación, dirijo la vista al montón de libros dónde se refugia el tuyo. Son muchas las veces que he leído lo que me escribiste, no sé si tratando de convencerme de que te encuentras como en el momento que lo hiciste, no sé si tratando de buscar algo que alertara de lo que iba a suceder, no sé si tratando de entender por qué el abismo de diferencia entre esa caligrafía y la que vi cuando Agustín me enseñó tu nuevo libro, dedicado a él.

            Son muchas, también, muchísimas, las veces en las que pienso en lo que te sucedió y te recuerdo. No sé cuántas le habré hablado a la persona que más cerca tengo, aunque no sea físicamente, mi novio, de ti; no sé cuántas veces le habré hablado de algún recuerdo de tus clases, de los intercambios de fanatismo por Tim Burton (él también le adora), de la historia de que me descubriste a mi, ahora, queridísimo Edgar Allan Poe con su gato negro. No sé cuantás, pero creo que él ha llegado a tenerte cariño también, a preocuparse por ti.

 

 

            Esos versos… Bueno, dejándote a ti aparte, la idea de un final inevitable, de que cualquier día puede ser el último, ocupa gran parte de mis pensamientos. Y de mis escritos. Y la sensación de que muchos parecen creerse inmortales, pues no evitan la monotonía y sí evitan la idea de vivir, incluso se extrañan si otros lo hacen. ¿No se dan cuenta de que son mortales? Quizás sí se de cuenta y la diversión y la comodidad sea su manera de entender la vida y yo sea demasiado inconformista. Quizás es que yo soy rara, como decían de ese chico con tijeras en las manos, pero para mí eso no es vida, tampoco me divierte lo que supuestamente debería hacerlo a mi edad. No voy a incluir en ese concepto de diversión escribir, el cine, la música y la literatura en general, porque eso para mí es arte y pasión por él.

            O a lo mejor no estoy tan equivocada cuando pienso que desperdician el tiempo porque no viven. Cuando la muerte hace acto de presencia o amenaza, siempre hay lamentos, arrepentimientos, deseos de remediar la actitud anterior; no suele haber una aceptación tranquila del final a una vida de verdad, a esa vida que se quiso llevar y se vivió, a pesar de las dificultades. No entiendo esa represión a la que algunos se acogen ni esa falta de aspiraciones. No entiendo los contras cuando se trata de vivir.

            No entiendo la disculpa por la falta de tiempo. “No tengo tiempo de hacer x ni para ver a y ni para hablar con z”. Siempre hay tiempo, al igual que siempre hay excusas. Si hay tiempo para enterarse de la basura que abunda en televisión, hay tiempo para todo lo demás. Cuando se desea algo, se le buscan más de 24 horas al día si es necesario. Quizás no deseamos con la suficiente intensidad o lo hacemos olvidando que el tiempo no es eterno, ni nosotros tampoco.

            Bueno, algunos sí son eternos. Esos que vivieron y los que consiguieron la inmortalidad gracias a la creación, gracias a lo que muchos infravaloran entendiéndolo como simple “entretenimiento, distracción, diversión, afición”.

            Hay ciertas cosas que no se olvidan. Y ciertas personas tampoco. Tú eres una de ellas. Tenía que decírtelo, mediante este simple entretenimiento, distracción, diversión, afición, que tengo; que es con lo único que logro expresarme con cierta claridad, además de, dicen quienes se han parado a entenderla, mi mirada.

 

            Que no se queden cosas por decir por falta de tiempo.

Veneno

-¿Lo has sentido alguna vez?
-¿El qué?
-Eso. El veneno recorriéndote.
-No sé de qué me hablas.
-Un veneno que nace dentro de ti sin haberlo alimentado, en momentos inesperados, que te tortura, que va devorándote lentamente. No te deja dormir, no te deja contemplar el paisaje por la ventana sin que sientas su presencia. Nadie se da cuenta de que tienes la sangre envenenada, la cabeza nublada por su efecto. Lo único que puedes hacer es escribirlo, es la única manera de librarte de él. Una vez libre, no te sientes débil, ni vulnerable, a pesar de saber que el veneno volverá a ti. Te sientes fuerte, sano… Más lúcido de lo que nunca has estado gracias a tu demencia venenosa.
Y nadie se da cuenta, dónde ellos ven normalidad o sencillamente no ven, yo veo peligro de morir envenenada… y me enveneno, me deshago de él y vivo esclava de otra nueva espera para volver a probar la cura efímera. Si el veneno no volviera a mí, si me perdiera por calles iguales, tan sana como ausente de vida; entonces, dejaría de existir, moriría.

Días de lluvia

-Sedúceme.

 

            Llevaba algún tiempo con el deseo torturándome, pero las palabras morían en mi garganta.

            Conseguí decírtelo, conseguí colarte por la puerta.

            Tus labios sabían a alcohol, los míos a cenizas de un centenar de cigarros y esperanzas apagadas.

            Llovía, hacía frío y yo me refugiaba en tu cuerpo y deseaba morir en él como las gotas de lluvia que se desvanecen al tocar algo más fuerte que ellas. Pero permanecen, a pesar de su debilidad.

            Yo quería permanecer en ti, no quería ser un recuerdo borroso, como lo es el paisaje que se ve un día como aquel por la ventana. No quería ser un día de lluvia más para ti.

            Sabía que eran muchas las que habían muerto allí, tal vez en otros días lluviosos. No quería ser una de ellas, no estaba preparada para otra derrota.

           

            Tu tacto también era de alcohol. Me pareciste menos fuerte, más perdido, más antihéroe que héroe, más igual a mí. Cargabas con tantos días de lluvia que arrastraban inundaciones de alcohol, que todo tú sabías a él: una mezcla entre whisky, ron y otro sabor más fuerte que dominaba a los dos primeros y los unía y que además, te hacía más adictivo. Me preguntaba a qué te sabría mi cuerpo, si a ron y a whisky o a esa otra sustancia desconocida y poderosa.

            Nos entendí como el ron y el whisky, tan conocidos, tan usados, tan poco originales, tan recurridos en momentos de desesperación. Unidos por alguna causa que ignorábamos, por esa sustancia más fuerte que nosotros, que disfrazábamos de deseo sexual por vestirlo de alguna cosa conocida.

           

            Y allí estábamos, entrelazados, formando un solo cuerpo que se exploraba a sí mismo, guiándonos por ese tercero invisible.

            No sé quién era. Ni yo, ni ese tercero ni quién eras tú.

            Tal vez aquella confusión de cuerpos era una simple recompensa a tantos días de lluvia de compañías que no dejan marca; a tantos días sin lluvia, la única emoción de nuestras vidas, salvo mis cigarros y tu alcohol.

            Tal vez era una simple búsqueda de una satisfacción asegurada, en lugar de intentarlo en otros terrenos dónde la posibilidad de probar el fracaso es demasiado grande.

            Fuera quien fuera el tercero, nos rendimos al placer.

            Seguía lloviendo. El mundo de fuera parecía un recuerdo borroso y lejano, tan diferente al éxtasis de nuestros cuerpos de alcohol y cenizas.

            Encendí un cigarro cuando te perdiste por el pasillo y regresaste con un vaso, no sé si de ron, de whisky o de ese tercero. Era más fácil entenderlo, entender nuestra existencia limitada a esos momentos, tras el humo de mi cigarro. Supongo que para ti era más fácil bajo tu terapia destructiva. Pero aún así, tuve miedo cuando miré por la ventana.

            Te pedí que te quedaras, al menos los días de lluvia. Sonreíste tristemente. No lo entendí como un no, imaginé que esa era la única forma de sonreír que conocías. Me apoyé en tu pecho. Se mezclaron de nuevo el tabaco y el alcohol; el ron y el whisky esperando al tercero, al placer de nuevo.

            Al menos, mientras siguiera lloviendo.

No es una carta de despedida

No es una carta de despedida. No lo es, porque no voy a ser capaz de describir lo que eres para mí, quien has sido ni cómo me siento. Pero no importa, tampoco entenderías esto si lo hubieras podido leerlo. Pero encontramos otra forma de entendernos. Hice todo lo que pude para que estuvieras a gusto, me sentía útil viendo que conseguía mejorar tu estado de ánimo; como tú hiciste conmigo en su época. Recuerdo que siempre sentía que te desvivías por hacerme reír, aunque quizás ignorabas que solo con llegar a casa y veter allí me ponía feliz; y me preguntaba qué pasaría si te marchabas, quién haría lo que tú hacías. No imaginaba que te ibas a ir con los papeles invertidos: yo buscando la manera por hacerte sonreír, cuidándote como a un niño pequeño. Quizás debería haberte dicho lo mucho que te quería, pero eso ya lo sabías, sentía que lo sabías; quizás debería haberte dicho que no te preocuparas, que ahora tengo a alguien que me quiere muchísimo y que siempre me hace reír, que me cuida siempre, para que te fueras más tranquilo.
No es una carta despedida porque me niego a decirte adiós. Aún me niego que cuando este mes acabe, no vaya a poder abrazarte y verte, reírme contigo, darte las buenas noches, taparte para que no pases frío, darte tarta para ponerte contento, y esos polvorones de chocolate que te prometí no hace mucho y por los que sonreíste al pensarlo, ni que vayas a poder darme besos.
Es todo muy extraño. En menos de un año os habéis ido los dos. Os habéis ido demasiado pronto. Yo aún soy pequeña, o al menos me siento pequeñísima, aún os necesitaba, os necesito a mi lado.
Ayer sentí como si hubieran tirado una bomba dentro de mí que hubiera arrasado con todo y no fuera capaz ni de encontrar lágrimas. Hoy es un poco más distinto. Hoy lo he visto un poco más real, hoy ha dolido más.
Éramos demasiado distintos, estábamos a mundos de distancia… Pero es fácil recorrerla con un simple gesto, con solo un abrazo. Hoy no sabía cómo recorrerla. Solo se me ocurría abrazarte, necesitaba hacerlo. Sentía impulsos de salir corriendo y aferrarme a ti, abrazarte, para que no te llevaran de mi lado; por si, tal vez así, la distancia desaparecía.
No paran de venirme recuerdos. Cuando era pequeña, durante unos meses, me acuerdo que tu presencia no me alegraba especialmente. Mi madre trabajaba por las mañanas, mi hermana se iba antes a clase y mi padre trabajaba también. Yo tenía que ir al colegio, tenía que despertarme cuando se habían ido ya todos. Tú venías, cada mañana, te levantabas y te vestías, hiciera el frío que hiciera, para despertarme. Me despertabas enciendo la luz. Eso era lo que me disgustaba. Tenía, tengo, muy mal despertar y me pierden los nervios muchas veces. Me ponía de mal humor despertarme así y me duraba mucho rato. No te decía nada, porque a pesar de que no lo soportaba, no quería molestarte. Te quedabas hasta que yo tenía que irme y me acompañabas hasta la puerta del colegio, aunque solo tuviera que subir una calle y cruzarla para llegar.
Hoy daría cualquier cosa por revivir eso, porque me despertaras durante unos meses cada mañana. Como yo a veces hacía en verano contigo.
Sé que si yo no encuentro la manera de acabar con la distancia, la encontrarás tú. Sé que no vas a dejarme sola, sé que, de alguna manera, no sé cómo, vas a estar conmigo. Porque yo nunca voy a olvidarte ni voy a dejar de quererte.

JilL

Empezando

Tenía un blog en otro servidor. Lo abandoné. En verano, por más que quería y lo intentaba, era incapaz de escribir algo. Llevaba tiempo pensando renaudar el blog anterior, pero dudaba entre esa opción o crear uno nuevo.

Como es obvio, al final me he decantado por empezar otra vez. No sé si es porque cuando se acerca el fin de año a todos nos entra esas ansias de renovación o porque ahora todo esta extraño y cada vez tengo las cosas más claras, o porque cada vez está más cerca la fecha en la que pueda vivir mi vida de verdad. No sé, sea por lo que sea, intentaré no abandonarlo.

Aunque no entiendo por qué tanta renovación y tanta fachada, si cambiamos día a día y yo voy a colgar escritos de hace tiempo… pero bueno, todo nuestro pasado forma nuestro presente y nos ayuda a entenderlo.

Un saludo,

JilL