A veces creo que mi bolígrafo se ha quedado sin tinta. Que al caminar voy perdiendo letras y palabras. Entonces, la posibilidad de crear historias sin tinta, sin letras y sin palabras es bastante improbable. Pero siempre fui una enamorada de las utopías.
Lo cierto es que hay una vaguedad en mí, una dejadez innegable. Me estoy contagiando de rutina, de un no hacer nada porque nadie lo hace. Y no hay nada peor que eso. Cualquier día, vendrán a limpiarme el polvo.
Supongo que me falta motivación. Somos extraños. Necesitamos sentir un extremo nunca deseado en nuestra propia piel o en una piel que hemos sentido próxima y hemos acariciado para que algo cambie, para que nos estremezcamos por caricias del miedo. Aunque luego, pasado un tiempo, después de no tener que secarnos más las lágrimas a escondidas, volvemos a lo mismo, a sentarnos a ver la televisión. Que nos cuenten historias para que nos olvidemos de la mediocridad de la nuestra, a no pensar, a seguir respirando monotonía, a creernos que estamos haciendo lo correcto porque la mayoría actúa de la misma manera, a imaginar que somos especiales como los que vemos entre decorados de cartón.
Me han pintado un mundo con gran esfuerzo, es casi tan bonito como los decorados de la televisión. Pero yo solo me empeño en saber qué hay detrás del estudiado colorido, qué hay detrás de las paredes, de los muros, del supuesto fin del mundo. Y derribar barreras. Antes de que el techo se me caiga encima.
Añoro, de vez en cuando, esas noches de verano tirada en el sofá escribiendo con los ojos completamente abiertos, como si contemplara el nacimiento de una nueva civilización en las líneas, retratándome a mí misma en los textos indefinidos o bajo nombres de personajes no tan ficticios. Mis noches ahora son distintas. Y me encantan. Son el mejor momento del día, normalmente. Claro que antes escribir era lo único que me aseguraba que yo sí estaba viva, aunque dudara del resto. Ahora, también te tengo a ti.
Y luego me quejo. No necesito más. A ti y papel en blanco. El secreto de mi felicidad. Tampoco soy tan complicada.
En ocasiones, creo que el mundo tiene vida propia. Quizás el mundo sea un gran escritor, un creador de historias. No sé. Imaginación y variedad no le faltan.
Confías que le verás, como siempre, a la hora de trabajar. Y un día no llega. Nadie sabe nada.
No quiero que un día, al ir a trabajar, desaparezca. O desaparezcas tú. No quiero ir a trabajar. Quiero soñar. Y quiero que sueñes conmigo.
No tengo ni idea de por qué he pensado juntar lo siguiente en este mismo texto, pero el bolígrafo ya ha decidido. Y no me apetece inventar un enlace, una conexión entre una cosa y otra para que sea una narración fluida. Todo, todos, estamos conectados. Todos pertenecemos a todos y a todo y a nadie. Así que, qué más da.
Pensaba en las miradas. Concretamente, recordé la mirada de Malcolm McDowell. Me impresionó cuando vi una foto suya actual hará no mucho. No sé qué me impresionó más, si su envejecimiento o su mirada. Tal vez esperaba encontrarme el rostro de mi querido Alex DeLarge aún, porque en parte, la imagen que él creó de Alex va a vivir siempre. Pero no fueron ninguna de las dos cosas. Estaba tan estropeado, tan marcado por el tiempo… tan humano, tan frágil, tan vulnerable. Pero su mirada seguía, sigue, siendo la misma. Un azul hechizante. Pero no es solo su azul. Es lo que esconde. La gran vida que muestran sus ojos en contraste al apagamiento de su piel, de su vida. No puedo olvidar esa imagen. La vida y la muerte tan juntas. Continúa teniendo esa fuerza, esa capacidad casi hipnotizante de atraparte, logrando que no puedas dejar de mirar su inmensidad azul.
Lo leí en un libro de Poe, en unos apuntes escritos por un fanático de él, al citar unas frases de Berenice. Hablaba sobre el poder de la mirada, decía que el color de los ojos son como botones, puedes heredar cualquiera. Pero la mirada…
Recuerdo lo que me dijiste después de ver a mis padres. Esa expresión autoritaria, de enfado, de mi madre. Por eso me conmueve tanto cuando llora. Su mirada se transforma de una forma increíble. Es como si fuera otra persona. Quizás todos seamos otros cuando lloramos. O solo nos atrevamos más a ser nosotros mismos.
Mi padre no siempre ha tenido la mirada triste de hombre derrotado que posee ahora. Hace tiempo, era distinta. Ya casi no recuerdo muy bien cómo era. Pero la prefería a esta. Eso seguro. No quiero que siga envejeciendo con esa mirada.
Tampoco podría olvidar la de aquel hombre, tú ya sabes cuál. Me persigue tanto que me obliga a escribir sobre él. Pero, además de esta dejadez de la que he caído enferma, me siento muy creativa últimamente. En mi cabeza hay muchas explosiones. De ideas, de imágenes, de frases, de palabras. No todas las bombas destruyen. Y caen sin parar, como si fueran un pintor que ve allá donde mira algo fascinante que representar y comienza a pintar. Pero cuando apenas ha dado unas pinceladas, debe empezar otro lienzo porque ha visto algo nuevo que no puede dejar escapar. Y así sucesivamente. Mi cabeza es un pintor excitado y motivado en exceso. Espero no confundir los colores.
Y por supuesto, recuerdo tu mirada muy a menudo. La recuerdo cuando haces eso de abrir mucho los ojos y me pareces un niño. Y me hacías sentir como una niña. Y yo no quiero perder nunca la inocencia, aunque tenga que dibujar cómo pueda mi cielo como Chris, ya sabes. Así que, te pido que no dejes de mirarme así nunca.
Y cuando me miras fijamente y me dices lo que sientes por mí. Cambias el mundo, lo conviertes en un sitio mejor solo para mí, para ti y para mí. Y siento ganas de llorar sin parar en tus brazos. Pero de alegría, por tenerte. Sé que soy afortunada, puedo presumir de poder llorar de alegría mientras muchos corren el peligro de atragantarse con una tristeza excesivamente amarga.
Y pienso en esto, en tu mirada y en lo que me haces sentir. Y pienso en la de Malcolm McDowell. Y sigo sin comprender ese deseo de parar el envejecimiento, ese deseo de parar el envejecimiento físico (quizás les pase como a Dorian Grey…), ese deseo de perder lo que somos por reducirnos a simples esquemas comunes de plástico, creyendo conocer la fórmula de la belleza, creyendo que se puede comprar la belleza. Pero ni mil operaciones conseguirán lo que Malcolm McDowell sí hace con una mirada solo un par de segundos. Una mirada, una belleza mágica, no puede comprarse. Y sí, para mí hay mucha más belleza en Malcolm McDowell, tanto de jovencito, cuando no me parecía nada guapo, como ahora, símbolo del paso del tiempo; que cualquier reoperadísima o reoperadísimo o cualquiera que haya comprado la (supuesta) perfección, que en cualquier físico vacío de una atracción más allá de envoltorios que no tiene mérito poseer, son como botones. Heredados, adquiridos por suerte o comprados.
Y que la gente siga gastándose su querido dinero. Malcolm McDowell seguirá paralizándome. Y tú seguirás cambiando mi mundo.