Sutilezas Delirantes (II)

Confieso que he intentado revivirla en momentos de necesidad y desesperación. Pero no he podido. Me maldigo una y otra vez por manchar mis manos de sangre ese día. De mi propia sangre. Maté una parte de mi misma, la esencial. De esa manera surgió mi papel de femme fatale de película de cine negro barato.

            No me había planteado desde el día de la prueba de acceso qué quería. Necesitaba encontrarle un sentido a mi vida, lo necesitaba más que el aire que entraba por mis pulmones. ¿De qué me servía el aire si iba a acabar enterrada? No iba a ser el aire en esa situación lo que me salvara. Y en la que estaba viviendo, en mi perdición total, tampoco.

            No podía dormir. Apenas comía. Perdí mi encanto, ni intentaba seducir. Me sentía demente. Abrazada al delirio como un borracho a su botella de whisky.

            Sentía que todo el mundo me torturaba, que, como aquel chico de ojos negros, se reía de mí. Que todos podían escuchar mis pensamientos y mis miedos y que los usaban en mi contra.

            Iba a clase, el profesor citaba a un famoso pintor; me reunía con mis compañeras de facultad, no hacían más que preguntarse qué querían: qué querían regalar, escuchar, ponerse, comprarse, hacer el fin de semana, en vacaciones… Encendía la televisión, un personaje de una serie o tal vez de una película mala de formato de sobremesa televisivo, le declaraba a su padre ficticio que ya había decidido, que ya sabía lo que haría. Cambiaba de canal, las noticias hablaban de una estupenda exposición de pintura vanguardista.

            Me sentía atrapada, si intentaba salir corriendo, me chocaba contra muros invisibles que segundos antes no habían estado allí. Iba a volverme loca.

 

            Y entonces, en medio del caos absoluto, de la anunciación del Apocalipsis, de la destrucción de un mundo al que siempre había girado la cara; un amigo me la presentó.

            Ella me incitó desde el primer instante. Yo dudaba. Me sentía confusa. Nunca me había imaginado probando algo así. Pero deliraba, y los locos cometemos locuras. ¿Qué podía perder? Acepté.

            Me fui a casa con ella. Estaba nerviosa.

            Fue, como no podía ser de otra manera, en mi cama. La probé, la sentí. La mejor experiencia de mi vida. Me abrió los ojos. Veía un mundo nuevo a través de ella. Nunca había sentido tal excitación ni tanto placer como cuando ella rozó mi piel y yo, sumisa, me dejé hacer.

            Estuve varios días sin verla. Únicamente pensaba en ella. No sabía dónde encontrarla. Mi amigo me ayudó, la llevaba hasta mi casa cuando podía. No es que ella fuera adictiva, pero lo que me hacía sentir sí lo era.

            Fue con esas visitas ocasionales con las que me conquistó. Lo hizo sin que me diera cuenta, como mis yo hacía con mis antiguas víctimas. Ella se metió en mi vida y se convirtió en el centro. Adoraba el dulce delirio que me ofrecía.

            Y pude volver a pintar. Renací, sí. Renació esa parte de mí que maté y con ella, regresó la inspiración.

            Quería un sentido, una razón para estar en el mundo; y me había encontrado con un mundo entero, un mundo diferente.

            La invitaba a que se quedara conmigo cada día. A veces, desaparecía. Pero yo iba en su busca. No podía dejarla escapar ni pasar una noche sin ella.

            Me calmaba, me excitaba, transformaba mis delirios paranoicos en delirios eufóricos.

            Estaba en una nube y no me preocupaba que un día pudiera deshacerse. Desde allí, veía el sol y tocaba las estrellas.

            Mis amigos cogieron una escalera para intentar alcanzarme, pero yo estaba demasiado lejos. No sabía si la vida me sonreía, pero ella sí lo hacía. Y con eso me bastaba.

            Nunca había sido una amante fiel hasta mi relación con ella. Pero es que era imposible que saltara de un mundo maravilloso hacia la oscuridad de un pozo sin fondo de desesperanza.

            La gente que tenía más cerca, me decía que la dependencia no era buena, me pedía que la dejara, que me estaba absorbiendo, que ya no era la misma. Claro que no lo era, ahora era yo más que nunca. Y la quería.

            No me importa que digan que la droga es un suicidio.

            Para mí, ella, mi querida heroína, es la vida, la vida delirante.

            Una vida devuelta para empezar de nuevo la destrucción, para resucitar y morir en cada chute, una vida gracias a la resurrección de la muerte.

            Pero la vida, al fin y al cabo.

            Y todo gracias a ella. Le debo mi vida y mi muerte.

2 comentarios »

  1. Charly dicho:

    vaya vaya vaya, si tenems ante nosotros a una autentica escritora. sabes plasmar sentimientos con una fidelidad pasmosa ;)

    enhorawena por tu talento, sal ahi y muestraselo al mundo entero

  2. Esther dicho:

    hay tantas medios para tratar de alejarnos de la realidad…algunos tan conocidos como la heroina…y otros tan tontos que ni los adictos queremos darnos cuenta de que es una via de escape, q no es real, q solo nos provoca una felicidad efimera …


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